El Curaj Wawa y otras historias de terror
El cacique taíno (Cuba) Hatuey que fue condenado a la hoguera y al que preguntaron si quería convertirse al cristianismo para ir al cielo preguntó: "¿Y los españoles también van al cielo?" y al recibir una afirmación dijo: "No quiero yo ir allá, sino al infierno, por no estar donde estén y por no ver tan cruel gente.
Larga es la historia de los abusos cometidos por la iglesia católica en nuestras tierras, no solamente llegó la inquisición y la quema de brujas (mujeres sabias) junto a la extirpación de idolatrías, sino que ya asentada la colonia, se estableció la obligatoriedad de la servidumbre indígena para las haciendas, estancias y casas de religiosos.
Esta servidumbre suponía la violación sistemática de mujeres jóvenes, por hacendados y por los curas, de ahí nace el denominativo de “curaj wawa” o hijo del cura, el hijo no reconocido, pero que todos sabían que pertenecía al cura del pueblo. Lejos de ser una historia antigua, se mantiene vigente en la memoria de las abuelas que han sobrevivido al pongueaje.
De la misma manera son miles las historias de violencia sexual de sacerdotes contra niños y niñas en todos los pueblos sometidos y convertidos al catolicismo, de su ferocidad no se han salvado nadie, ni internados europeos, norteamericanos, africanos y mucho menos nuestras tierras. Lejos de ser hechos aislados, son una constante, un patrón de conducta alentado y amparado por la impunidad y el poder que la iglesia tiene y ostenta. Tan claro es su poder que al día de hoy en el Estado Plurinacional de Bolivia es una institución que sigue sin pagar impuestos, tan evidente es su poder que al día de hoy controla un grueso sector de la educación escolar y universitaria.
En el contexto descrito, lo ocurrido con el cura Pica, miembro de la Compañía de Jesús, los jesuitas que tiene como uno de sus preceptos fundamentales “la salvación y perfección de los prójimos” no es algo nuevo, no es algo atípico, por el contrario y lamentablemente es un hecho más de la norma de la iglesia, el uso de la fuerza y la violencia contra niños y niñas indefensos, aquellos que son nadie y sobre los que se puede ejercer dominio.
Un dominio basado en la concepción colonial y patriarcal del poder, que usurpa el cuerpo del que no vale, del que no puede defenderse, del ser que tiene que ser sometido. Un dominio basado en el pacto patriarcal materializado en la complicidad sistemática de la estructura jerárquica de los jesuitas y de la iglesia en pleno, complicidad que evidencia la estructura colonial que sostiene la iglesia.
En nombre de dios nos han dejado hijos sin padre, en nombre de dios han violado a nuestras abuelas, en nombre de dios violan a niños y niñas, en nombre de dios piden perdón y oraciones para los pederastas, en nombres de dios nos condenan.
Nos negamos a perdonar y olvidar, exigimos que el gobierno deje de ser cómplice de la pederastia institucionalizada.
¡Justicia a las víctimas, castigo a los violadores y sus encubridores!

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